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sábado, 5 de agosto de 2017

LA CARA Y LA CRUZ DE LOS EFECTOS DE LA CAFEÍNA

Hoy hablaremos del café, la bebida más consumida en el mundo después del agua, lo cual no es de extrañar si pensamos que es un clásico indispensable en la mayoría de los desayunos para comenzar cada día con energías. En Europa, donde el café llegó en el siglo XVII, la población adulta consume actualmente un promedio de 200 miligramos diarios, llegando a alcanzar los 400 miligramos en los países nórdicos como Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia.


La cafeína, que fue descubierta en 1819 por el químico alemán Friedrich Ferdinand Runge, está presente en el café, en el té, en el chocolate, en las bebidas de cola y en las energéticas. La cafeína es el principal alcaloide del grupo de las metilxantinas y su nombre sistemático es 1,3,7-trimetilxantina. En los alcaloides se incluyen también la teína, la morfina, la nicotina, la cocaína, la quinina y la codeína, y todos ellos son compuestos nitrogenados que se encuentran sobre todo en las hojas, las semillas, las raíces o los frutos de ciertas especies vegetales con una función defensiva.

La cafeína actúa fundamentalmente como un estimulante del sistema nervioso central, ya que tiene una estructura similar a la adenosina y puede actuar como un inhibidor competitivo de la misma, adheriéndose a sus receptores e impidiendo que esta se una a ellos. Así, al bloquear los receptores A1 y A2A de la adenosina, la cafeína se comporta como un antagonista de los efectos sedantes e inhibitorios que tiene este nucleósido sobre las neuronas, manteniéndonos despiertos y potenciando nuestro rendimiento físico y mental.

Una vez ingerida, la cafeína pasa al torrente sanguíneo y se une a algunas proteínas del plasma, alcanza su máxima concentración a los 30 minutos o una hora después y cruza la barrera hematoencefálica para llegar al cerebro, donde se une a los receptores de la adenosina y desempeña su función más conocida, siendo su semivida plasmática de unas 3 horas. Después, una vez que la cafeína ha sido distribuida por todo el cuerpo, esta es metabolizada parcialmente en el hígado mediante reacciones de desmetilación en las que interviene la enzima citocromo P450 oxidasa, de modo que la ruptura de la molécula va a dar lugar a tres metabolitos llamados paraxantina, teobromina y teofilina, que serán finalmente excretados a través de la orina.

En realidad, los efectos de la cafeína son múltiples, aunque estos pueden variar de un individuo a otro según la genética, la edad y el peso:

1- Como estimulante del sistema nervioso central, mantiene el estado de alerta y mejora la concentración, el tiempo de respuesta, la memoria a corto plazo, la asociación de ideas y la percepción de los sentidos.

2- Disminuye el sueño y la fatiga.

3- A nivel cardiovascular, aumenta la tensión arterial y la frecuencia cardíaca de manera transitoria. Además, es un vasodilatador a nivel periférico y un vasoconstrictor a nivel de las arterias cerebrales, por lo que alivia las migrañas y las cefaleas.

4- Actúa como broncodilatador débil, por lo que puede reducir los síntomas del asma.

5- Tiene efecto diurético, incrementando el deseo de orinar al aumentar el flujo sanguíneo a los riñones y disminuyendo la reabsorción de agua y sodio especialmente a nivel del túbulo proximal, lo cual también puede contribuir, en cambio, a la deshidratación y el estreñimiento.

6- Facilita una buena digestión, ya que la cafeína se une a los receptores nicotínicos o muscarínicos de la mucosa del estómago e incrementa la secreción de jugos gástricos como el ácido clorhídrico y la pepsina y también de enzimas en el páncreas como la lipasa y la proteasa pancreática, ayudando a que los alimentos se digieran más rápido.

7- Es beneficioso para la piel, ya que el café es una fuente de antioxidantes que absorben los radicales libres, protegiendo frente a los daños que estos pueden causar y frenando el envejecimiento de la piel.

8- Aumenta los niveles de adrenalina en el plasma sanguíneo, como consecuencia del efecto vasoconstrictor a nivel cerebral.

9- Además, la cafeína va a incrementar los niveles de noradrenalina mediante la inhibición de las fosfodiesterasas que conlleva un aumento de AMPc y GMPc intracelular y este, consecuentemente, la síntesis de noradrenalina.



Sin embargo, a pesar de sus beneficios y aunque la cafeína figure en la listas GRAS (sustancias generalmente consideradas como carentes de riesgo), el abuso del café puede producir excitación, ansiedad, insomnio, irritabilidad, temblor fisiológico e hiperactividad refleja, además de desarrollar una dependencia física de algunos de los efectos de la cafeína debido a una neuroadaptación en el cerebro. Conforme incrementamos el consumo de cafeína, el cerebro produce menos adenosina y se generan más receptores para hacer frente a la mayor demanda. Por esta razón, cada vez necesitamos más cafeína para obtener el mismo efecto, hasta llegar a un punto en el que parezca que el café ya no nos afecta, aunque esto en verdad no es así, ya que la tolerancia se desarrolla de distinta manera en sus variados efectos.

Por el contrario y de la misma manera, si reducimos nuestro consumo de cafeína, muchos de los receptores que se habían creado para suplir esa mayor demanda ahora se quedan libres y para cubrirlos se incrementa la producción de adenosina. Por este motivo, al disminuir la dosis diaria de café, vamos a experimentar ahora una sensación de somnolencia mucho mayor que anteriormente.

En definitiva, es cierto que el café tiene una serie de beneficios, pero debemos tomarlo con moderación, en su justa medida. En realidad, sus efectos serán positivos o negativos dependiendo de la cantidad en la que se consuma.

lunes, 23 de enero de 2017

¿ES BUENO DUCHARSE TODOS LOS DÍAS?

Antes de adentrarnos con esta pregunta, es conveniente recordar que la piel es el órgano fundamental en la homeostasis, es decir, en el mantenimiento de la composición y las propiedades del medio interno del organismo, ya que actúa como una barrera de protección mecánica, solar, inmunológica y térmica que alberga además la función sensorial del tacto y evita la pérdida de agua, electrolitos y otros constituyentes corporales y también la entrada de moléculas y microorganismos indeseables o nocivos desde el medio ambiente. Asimismo, sabemos que la piel consta de tres capas principales, cada una de las cuales está compuesta por varias subcapas. La capa más externa es la epidermis, que está formada, de fuera a dentro, por el estrato córneo, el estrato lúcido, el estrato granuloso, el estrato espinoso y el estrato basal. A continuación, tenemos la dermis, que se divide, a su vez, en una capa superior o estrato papilar y una capa inferior o estrato reticular. Y por último, tenemos la tercera y última capa, la más interna, que se llama hipodermis.


Pues bien, los estudios realizados demuestran que una higiene excesiva puede dañar la capa más externa de la piel, que es precisamente la capa córnea de la epidermis, la cual posee una serie de bacterias benignas que constituyen una barrera protectora frente a las infecciones y la entrada de bacterias, virus, hongos o cualquier otro agente externo perjudicial. Los dermatólogos aseguran que una excesiva exposición al agua y al jabón supone una constante agresión a nuestra piel, que puede acabar seca e irritada, además de hacerla más vulnerable a las agresiones externas al debilitar esa primera barrera defensiva compuesta por el estrato córneo y el manto hidrolipídico que lo recubre, que es una mezcla de sebo producido por las glándulas sebáceas y sudor segregado por la glándulas sudoríparas. Por lo tanto, bacteriológicamente hablando, no estamos más protegidos frente a una posible infección duchándonos todos los días, sino al contrario. De hecho, la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV) ha elaborado una lista en la que se recogen una serie de enfermedades asociadas a la sobrehigiene, como la dermatitis atópica, infecciones como la pitiriasis o alergias.


Por ello, dejando de lado cuestiones de sostenibilidad, los expertos afirman que ducharse todos los días es perjudicial y recomiendan disminuir la frecuencia con la que acudimos a la ducha. Sin embargo, tan malo es un exceso de higiene como una carencia de ella. Simplemente hay que evitar esos remojones de más que en ocasiones son por el efecto relajante o por la sensación refrescante en verano. Como siempre, “la virtud está en el término medio”, tal y como decía Aristóteles, y en este caso, ese término medio depende también de cada persona, de modo que debemos adaptar la frecuencia de la ducha a cada uno, en función del clima y del ejercicio físico que realicemos.




Lo que es cierto es que las partes más necesitadas de un lavado diario son genitales, pies y axilas, obviando la higiene de las manos, que debe ser aún más frecuente. Pero el resto de la piel puede no precisar un lavado diario si no se ha realizado un esfuerzo físico.




Además, se recomienda el uso de agua fría o templada; jabones neutros, preferiblemente elaborados con aceites vegetales y con bajo contenido de detergente o productos químicos dañinos; y una toalla del material más suave posible. Por un lado, debemos evitar los baños de agua caliente porque, aunque relajan los músculos, tienen muchos más perjuicios de los que probablemente creas. En verdad, el uso frecuente de agua a alta temperatura favorece la caída del cabello, la oleosidad y la liberación de sebo por parte de las glándulas, la aparición de caspa, la urticaria, la aspereza de la piel o una mala digestión. Por otro lado, el motivo por el que es conveniente el uso de jabones neutros para nuestra piel es evitar la alteración del pH de la capa de lípidos, que es ligeramente ácido, entorno al 5,5, ya que esto es lo que evita el paso de baterías y virus. Además, debemos prescindir absolutamente de aquellos jabones antibacterianos que, lejos de ser mejores que el resto, tienen componentes como el triclosán (también presente en otros productos de higiene personal como pastas de dientes, desodorantes o enjuagues bucales), que causa perjuicios a nuestra salud como alteraciones hormonales y también de la función muscular y cardíaca, puesto que interfiere en la liberación de los iones calcio al impedir la correcta comunicación entre dos proteínas que funcionan como canales de calcio.

lunes, 18 de julio de 2016

BENEFICIOS Y PERJUICIOS DE LA LUZ DEL SOL


Llega el verano y queremos ponernos morenos. El bronceado tan deseado por muchos se debe a que los rayos solares activan un mecanismo de protección de nuestro propio cuerpo frente a los rayos ultravioleta en el que sintetizamos más melanina, que es el pigmento que va a hacer que nuestra piel se oscurezca, que filtre parte de la radiación y que se disipe la energía en forma de calor que no daña la piel.

Los principales beneficios que conlleva una exposición moderada a la luz del sol radican en la síntesis de vitamina D, que conlleva otros efectos positivos. Lo que sucede es que dos esteroides llamados ergosterol (presente en levaduras y hongos) y 7-dehidrocolesterol se convierten por acción de la radiación ultravioleta en vitamina D2 o ergocalciferol y en vitamina D3 o colecalciferol respectivamente, que son dos formas de vitamina D, aunque hay muchas más. La vitamina D es responsable de estos beneficios consecuentes en el organismo:

-Fortalece los huesos y los dientes: los rayos de sol favorecen la síntesis de vitamina D, que fomenta la absorción intestinal de calcio y fósforo. En cambio, una deficiencia de vitamina D puede causar raquitismo en niños y osteomalacia en adultos.

-Efecto anticancerígeno: la vitamina D protege contra algunos tipos de cáncer como el de colon o el de mama, que de hecho son más frecuentes en los países con menos horas de sol, y también contra tumores de ovario, vejiga, útero, próstata y estómago.

-Evitan la depresión: los rayos ultravioleta estimulan la síntesis de serotonina y endorfinas, que son unos neurotransmisores que actúan como antidepresivos, relajantes, termorreguladores y analgésicos naturales y son fundamentales para el bienestar y la felicidad. De hecho, existe un 15% de la población que padece trastorno afectivo estacional (TAE) y es propensa a sufrir depresión durante el invierno al disminuir la exposición solar, desapareciendo estos síntomas con la llegada del buen tiempo, los días más largos y más horas de luz.

-Ayuda a dormir mejor: la luz solar también actúa sobre la melatonina, la hormona reguladora de los ciclos de sueño.

-Reduce la presión sanguínea: la presencia de vitamina D reduce los niveles de la hormona paratiroidea, que interviene en la regulación de la presión arterial, de modo que aumenta la vasodilatación y favorece la circulación sanguínea, disminuyendo así la presión arterial y resultando muy beneficioso para los que padecen hipertensión. En cambio, para las personas que tienen la tensión arterial en unos niveles adecuados, es posible que estar mucho tiempo bajo la luz del sol no tenga efectos tan positivos, ya que puede desencadenar una bajada de tensión no deseada o una lipotimia incluso.

-Reduce el colesterol: los rayos del sol también constituyen uno de los factores que contribuyen a disminuir los niveles de colesterol, ya que la luz solar ayuda a metabolizarlo.

-Es beneficiosa para la psoriasis o el acné: una exposición moderada a la luz del sol tiene efectos positivos en pieles que sufren estas enfermedades.

-Estimula la respuesta inmunitaria: el sol tiene beneficios también sobre nuestro sistema inmunitario, puesto que incrementa el número de glóbulos blancos o linfocitos en la sangre, que son los encargados de defender al organismo en primera instancia frente a una infección, de modo que la frecuencia de estas disminuye.

-Mejora la vida sexual: la vitamina D aumenta los niveles de testosterona.


Sin embargo, el cuerpo tan solo necesita estar expuesto directamente a los rayos solares 10 o 15 minutos tres veces a la semana para producir la cantidad de vitamina D requerida. En cambio, exposiciones más prolongadas pueden originar una serie de daños:

-Efectos visibles en la piel: los rayos UVB (290-320 nm de longitud de onda y constituyentes del 5% de la radiación ultravioleta que nos llega), además de ser responsables del bronceado, son culpables de los eritemas o quemaduras solares, mientras que los rayos UVA (320-400 nm de longitud de onda y constituyentes del 95% de la radiación ultravioleta que recibimos), por su parte, mucho más penetrantes, son causantes de la fotodermatosis, erupciones en la piel, fotoenvejecimiento de la piel acelerado (arrugas, pérdida de densidad y elasticidad de la piel y aparición de manchas pigmentarias), debido al deterioro del colágeno y la elastina.

-Cáncer: tanto los rayos UVA como los UVB pueden dañar el ADN y provocar alteraciones en nuestras células, que si se repiten, a largo plazo, pueden terminar dando lugar a la aparición de un cáncer de piel. Un tipo de cáncer de piel es el melanoma, que afecta a los melanocitos, las células de la piel que producen los pigmentos. El melanoma es menos común que los carcinomas de células escamosas o células basales, pero es mucho más agresivo. Por esta razón, debemos de prestar especial atención a los lunares de nuestro cuerpo para intentar detectar este cáncer en sus inicios. ¿Y cómo podemos diferenciar un lunar normal de un signo de melanoma? El melanoma se caracteriza por la regla del ABCDE: Asimetría, Bordes irregulares, Color heterogéneo, Diámetro mayor de 5 o 6 mm y Evolución o crecimiento del lunar.

-Inmunosupresión: habíamos dicho que el sol, en su justa medida, estimula el sistema inmunitario; sin embargo, una radiación solar excesiva puede alterar los glóbulos blancos y debilitar las defensas.

-Daño ocular: la exposición a los rayos de sol durante mucho tiempo puede dañar los ojos e incrementar la probabilidad de aparición de cataratas hasta cuatro veces. El sol, a diferencia de lo que ocurre con la piel, es más peligroso para los ojos en el amanecer o al atardecer, cuando está más bajo y los rayos inciden en los ojos directamente.


 En definitiva, para evitar estos daños, debemos seguir las siguientes precauciones:

-Evitar exposiciones al sol durante las horas centrales del día en las que la insolación es máxima, ya que los rayos llegan perpendiculares a nuestra piel.

-Usar una crema solar protectora con un índice de protección UVB y UVA adecuado para nuestro tipo de piel, volviéndola a aplicar después del baño o cada dos horas. En estos protectores solares hay dos tipos de filtros o principios activos: los físicos, como el dióxido de titanio, que reflejan la radiación solar o transforman la radiación ultravioleta en visible o menos energética, y los químicos, como el ácido para-aminobenzoico y derivados, capaces de absorber la radiación cuya energía va a transferirse a los electrones de los dobles enlaces conjugados para pasar a un estado excitado de mayor energía. Sin embargo, ni siquiera las cremas solares de factor 50 nos aseguran estar exentos del riesgo de sufrir melanoma en un futuro si no tomamos el sol con moderación.

-Llevar unas gafas de sol homologadas por la UE y capaces de filtrar el 100% de la radiación ultravioleta para proteger los ojos. El color de las gafas ya depende de los problemas de visión de cada persona y del uso que les vayamos a dar: las amarillas y naranjas se recomiendan para la conducción nocturna y los deportes rápidos; las grises para la conducción diurna; las verdes para deportes náuticos y el esquí y para los hipermétropes; el marrón para los miopes... Además, para protegernos ante los reflejos de la luz sobre superficies como el hielo, es aconsejable que incorporen filtros espejados o polarizados, mientras que si lo que buscamos es que se adapten a cambios frecuentes de intensidad de luz, elegiremos los filtros fotocromáticos.


Por lo tanto, como hemos visto, tomar el sol es necesario y tiene efectos positivos en nuestro organismo, pero excedernos este verano con el tiempo de exposición nos puede salir muy caro. Sin embargo, no importa que estemos en primavera en lugar de en verano, en un día menos caluroso, bajo un cielo nublado o dentro del agua. Aunque los rayos solares nos lleguen más atenuados, también nos podemos quemar. Así que, en cualquier caso, protégete del sol.