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domingo, 15 de marzo de 2020

EL CORONAVIRUS NOS HACE REFLEXIONAR

Siguiendo la línea de mi artículo anterior, en esta ocasión también quiero distanciarme un poco de la difusión de información científica para realizar una profunda reflexión personal y sacar una moraleja de esta complicada situación de alerta sanitaria que nos está tocando vivir en estos momentos. En mi afán por buscar siempre el lado positivo de las cosas, creo que esta pandemia del coronavirus puede hacernos pensar sobre diversos aspectos que suelen quedar en un segundo plano cuando estamos inmersos en la rutina diaria y ese estrés cotidiano al que estamos sometidos en las grandes ciudades de los países desarrollados.

Con la subida de las temperaturas, los desastres naturales, los fuegos incontrolados, las inundaciones desoladoras y la extinción de numerosas especies, hace ya tiempo que el planeta nos está dando claras señales de la peligrosidad del cambio climático y la necesidad de tomar cartas en el asunto. Sin embargo, aunque parece que cada vez hay más concienciación sobre la seriedad de este tema, seguimos sin tomar medidas drásticas que permitan reducir en buena medida la contaminación a nivel mundial y seguimos sin otorgarle la urgencia que verdaderamente merece este problema. Y, por desgracia, parece que la llegada de una pandemia es la única manera de que esos exorbitados niveles de contaminación se desplomen, aunque esta tenga otros muchos efectos colaterales perjudiciales como la caída de la bolsa y el colapso económico, además de las incontables pérdidas humanas. Tal y como dice la psicóloga italiana Franscesca Morelli en una reflexión que se ha hecho viral en los últimos días, "ahora usamos mascarillas, pero paradójicamente la calidad del aire mejora y seguimos respirando".

Por otro lado, en el mundo desarrollado, estamos acostumbrados a hacer oídos sordos a la hambruna, conflictos bélicos, enfermedades y otros problemas de gran magnitud siempre que estos tengan lugar a cierta distancia del país en el que vivimos. Y como no podía ser de otra forma, semanas atrás adoptamos la misma actitud con el coronavirus. Cuando este irrumpió en China, el resto del mundo hacía oídos sordos o, al menos, le restaba importancia al asunto, sorprendiéndonos al ver que la población china no era capaz de controlar lo que todos queríamos hacer creer que era una simple gripe. Solamente cuando vimos que el virus llegó con fuerza a Italia y encima se empezaban a dar casos en otros países próximos, el resto de Europa empezó a preocuparse y a tomar medidas. El hecho de no ser los primeros en llegar a este escenario nos ofrecía una ventaja. Nos ofrecía la posibilidad de poder fijarnos en los pasos que habían seguido los países que iban por delante de nosotros y que tenían ya numerosos infectados y poder evaluar los resultados que han supuesto dichas medidas tomadas. Sin embargo, desde mi punto de vista tampoco hemos sabido aprovechar esta posición ventajosa para tomar esas precauciones de la forma más rápida posible y así conseguir que las repercusiones del virus fuesen las mínimas posibles. En general, nuestro nivel de concienciación personal tampoco ha estado a la altura y esto se traducirá en una prórroga de la cuarentena durante más tiempo. Soy consciente de que es una situación muy difícil de manejar, pero esto confirma una vez más que hasta que el ser humano no ve de cerca el problema, no le otorga la importancia necesaria y no nos ponemos manos a la obra.

Asimismo, en un mundo en el que desafortunadamente aún existe discriminación por raza y discriminación por otros motivos, la llegada de este virus nos hace experimentar que, en un abrir y cerrar de ojos, podemos ser nosotros mismos los discriminados y a los que no se les permita cruzar fronteras por ser potenciales transmisores de una enfermedad. Parece que el virus haya llegado para hacernos sentir a nosotros, de raza blanca, occidentales y con recursos económicos, ese sentimiento de rechazo que nunca antes habíamos experimentado, quizá también para que empecemos a ser más empáticos, cambiemos ciertas ideologías discriminatorias y pensemos más en el prójimo.

En ese sentido de ayuda al prójimo, esta crisis también nos está enseñando mucho. También nos está llevando a pensar en el colectivo y quedarnos en nuestras casas para mitigar, en la medida de lo posible, la saturación del sistema sanitario, ralentizar el ritmo de aparición de nuevos contagios y hacer valer ese esfuerzo de valor incalculable que está realizando todo el personal sanitario. Aprovecho este inciso para no olvidarnos tampoco de la importante labor del personal de limpieza, auxiliares administrativos, trabajadores de supermercados, transportistas, barrenderos y otros tantos trabajadores que no tienen la posibilidad de quedarse en casa estos días, sino que también están al frente de la batalla y que son igual de imprescindibles que el personal sanitario para que este barco no se hunda. Mil gracias a todos por estar al pie del cañón. Y como decía, muchos no estamos haciendo este esfuerzo de confinamiento por nosotros mismos, jóvenes y sin patologías previas que, según afirman los datos epidemiológicos, tenemos una baja tasa de mortalidad por esta enfermedad vírica. En este caso, todos y cada uno de nosotros sentimos el deber de permanecer en nuestras viviendas con el objetivo de no contribuir a la transmisión del virus, no dificultar aún más el trabajo exhaustivo del personal sanitario y proteger a ese grupo de la tercera edad y con otras patologías previas, que constituyen el grupo de riesgo. Quedándonos en casa, cortamos la cadena y evitamos el contagio de muchas más personas, consiguiendo que los casos se produzcan de forma más espaciada en el tiempo, que es el principal objetivo en estos momentos, dada la saturación del sistema sanitario. En definitiva, el coronavirus nos está recordando que la unión hace la fuerza y nos está obligando a levantar la mirada y ver más allá de nuestra burbuja.

No obstante, a nivel individual, el virus también está dejando huella. La mayor parte de la población nos encontramos habitualmente inmersos en un ritmo de vida frenético, a veces por encima de nuestras posibilidades. Si el virus no nos para, parece que no hubiésemos parado nunca. Vivimos con prisas, corriendo de un lado para otro, con la mirada puesta en un reloj que, en lugar de informarnos meramente de la hora, en muchas ocasiones parece marcarnos el ritmo al que debemos vivir. Parece que las 24 horas del día nunca son suficientes y desearíamos que los días tuviesen 26 horas o las que fueran necesarias.

Incluso este confinamiento y aislamiento social nos está enseñando muchas cosas a nivel personal. En primer lugar, nos está ofreciendo entre nuestras manos una cantidad ingente de tiempo libre a la que no estamos acostumbrados, hasta tal punto que a algunos se les puede presentar como una losa asfixiante que les tiente a salir de casa para volver a respirar. Además, esta crisis nos está abriendo los ojos y nos está haciendo valorar las cosas sencillas de la vida: un abrazo, una conversación cara a cara, un beso… Este parón forzado nos está obligando a pasar más tiempo en familia, a valorar lo que tenemos en casa, a convivir con nosotros mismos y a recuperar muchos hobbies que increíblemente teníamos abandonados por falta de tiempo o prioridades. Es decir, nos está ayudando a asentar las ideas, ver lo verdaderamente importante y volver a encontrarnos con nosotros mismos. Además, en estos tiempos que corren en los que las redes sociales y la comunicación a distancia están adquiriendo cada vez más importancia, ofreciéndonos una falsa ilusión de cercanía, parece que esta situación haya venido para volver a poner en valor las relaciones sociales, las reales. De esta forma, seguramente que cuando volvamos a la calle para reír juntos y podamos abrazarnos de nuevo, cualquier plan nos parecerá una auténtica fiesta. La simple recuperación de la normalidad nos parecerá un bonito regalo al que, al menos durante un tiempo, dejaremos de restarle valor.

Estos difíciles momentos que atravesamos también nos hacen darnos cuenta de lo tremendamente planificado que está el mundo y la poca cancha que se le da hoy en día a la improvisación. Cuando un problema de esta magnitud obliga a cancelar clases, cerrar centros educativos, centros culturales y prácticamente todo tipo de establecimientos o restringir los desplazamientos por vía aérea, terrestre o marítima, todo se viene abajo. Se descuadran todos nuestros múltiples eventos o planes que tenían una fecha bien premeditada y de repente se nos presenta ante todos nosotros un tremendo caos al que es difícil volver a ponerle orden, al darnos cuenta de que tenemos que cancelar, aplazar o reorganizar todos esos planes futuros, sin saber tampoco con certeza cuándo terminará esta situación para así poder fijar unas nuevas fechas. Se nos presenta ante nosotros una situación que nos abruma y es en este momento cuando nos damos cuenta de lo acostumbrados que estamos a vivir con todo bajo control. Ahora tenemos que aprender forzosamente a vivir el presente, el día a día, con paciencia y sin adelantar acontecimientos.

Por su parte, ese pánico generalizado que nos está llevando a arrasar con los productos de primera necesidad en los supermercados nos está haciendo ver que esa inmediatez en la satisfacción de las necesidades básicas a la que estamos acostumbrados es un tremendo lujo, un verdadero privilegio. Día tras día, disponemos de todos esos productos a solo unos minutos de nuestra casa y en cualquier momento del día, pero ahora, por primera vez en mucho tiempo, hemos perdido súbitamente esa comodidad. Aunque afortunadamente el abastecimiento sigue estando garantizado, ahora cuando entramos al supermercado nos encontramos con estantes vacíos y tenemos que esperar largas colas para adquirir nuestros productos como consecuencia de la histeria colectiva, algo que en nuestras cabezas parecía imposible que sucediera hace tan solo unos días. Todo ha cambiado tan radicalmente de un momento a otro que asusta.

Por último, a nivel sanitario, también podemos obtener una buena moraleja de todo esto. Parece que ha tenido que llegar una alerta sanitaria de esta magnitud para que nos demos cuenta al fin de lo importante que son la sanidad y la ciencia y que los recortes presupuestarios en estos ámbitos pueden tener graves repercusiones. Asimismo, ante esta situación, hemos cambiado el chip y nuestros héroes ya no son jugadores de fútbol de nuestro equipo favorito, sino médicos y enfermeros que se están dejando la piel por nuestra salud poniendo en peligro la suya propia, los investigadores que lo están dando todo en sus laboratorios por encontrar un tratamiento frente al virus lo antes posible y el resto de trabajadores y voluntarios que están poniendo su granito de arena de una forma o de otra y de manera desinteresada en esta lucha común. Los emotivos aplausos masivos vividos en toda España la noche de ayer para reconocer y agradecer el trabajo del personal sanitario no son más que una prueba de que realmente se han convertido en nuestros verdaderos ídolos de un momento a otro.

En definitiva, antes o después, estoy seguro de que saldremos de esta y volveremos a celebrar la vida. Porque el ser humano, aun con sus momentos de irracionalidad, irresponsabilidad e inconsciencia, siempre consigue darle la vuelta a las peores situaciones. Es precisamente en los malos momentos cuando dejamos nuestras diferencias y problemas banales a un lado, nos volvemos más humanos y buscamos la unión, ya que sabemos que la unión hace la fuerza. Sin embargo, me gustaría que no solo saliésemos de esta lo antes posible, sino que lo hiciésemos con alguna que otra lección aprendida y más fuertes y enamorados de la vida de lo que estábamos hace unos días. Quiero que todo esto se convierta en un punto de inflexión, en uno de esos malos momentos que se te quedan grabados por siempre en la memoria y de los te acuerdas en otros futuros instantes difíciles de tu vida para sacar fuerzas de ellos, tomar mejores decisiones o abordarlos con una mayor madurez o inteligencia emocional. Como conclusión, puede ser que esta pandemia haya venido a enseñarnos muchas cosas en este caótico mundo actual lleno de paradojas. Por eso, si cada uno de nosotros reflexionamos durante estos días, sacamos un aprendizaje personal de cada uno de los puntos que he mencionado y nos damos cuenta de una vez por todas de lo importante que es la ciencia y la sanidad, yo me doy por satisfecho. Esto querrá decir que, al menos, habremos sacado algo positivo de todo esto.

jueves, 12 de marzo de 2020

LLAMADA A LA RESPONSABILIDAD PARA HACER FRENTE AL CORONAVIRUS


Buenas noches, lectores:

Después de mucho tiempo sin escribir en mi blog, hoy he decidido volver a sentarme delante del teclado para realizar una crítica y una llamada a la responsabilidad ante la situación que estamos viviendo con la pandemia de coronavirus y la irrupción del mismo en España. Hoy he sentido que el estado de alerta sanitaria en el que nos encontramos actualmente merece como mínimo una entrada en este blog científico que comencé hace ya casi cuatro años con el mero objetivo de disfrutar escribiendo sobre algún aspecto de la ciencia que me interesase en cada momento y, sobre todo, con la idea de transmitir ese conocimiento a la población general de una forma más accesible y con un lenguaje más sencillo y menos técnico que el que nos podemos encontrar en las revistas científicas. A lo largo de estos años, mi constancia en el blog ha sido menor de la que me gustaría y algo intermitente debido a las dificultades para compatibilizar el blog con mi vida estudiantil, mi vida investigadora, mi vida como profesor particular, mis otros hobbies y mis relaciones sociales. Aun así, espero que en un futuro cercano pueda retomarlo con fuerza para añadir nuevas entradas a las veintisiete ya existentes y así conseguir que dicho número siga creciendo y vosotros me sigáis leyendo.

Entrando ya en el tema de esta entrada, el motivo de mi regreso al blog no es otro que el coronavirus, prácticamente el único tema del que hablan los medios de comunicación y todo el mundo. Sin embargo, a diferencia de la línea que he seguido en publicaciones anteriores, en esta ocasión no quiero transmitir tanto conocimiento científico, sino realizar una llamada al civismo, al sentido común, a la responsabilidad y a la solidaridad tras apreciar cómo el número de casos de contagio confirmados en España aumenta a un ritmo desenfrenado y ver que la población general no está lo suficientemente concienciada sobre la gravedad de la situación y las medidas preventivas para reducir los contagios.

Todos hemos escuchado que en realidad la tasa de mortalidad de este virus es baja, que su cuadro clínico generalmente se asemeja a una gripe y que el grupo de riesgo es principalmente la tercera edad y aquellas personas con otras patologías previas, sin ser tampoco un virus especialmente mortal en dicho grupo. Sin embargo, debemos ser conscientes de que el problema de esta pandemia no es tanto a nivel individual, sino a nivel colectivo. La principal preocupación ahora mismo radica en que el rápido contagio y el frenético aumento del número de casos de coronavirus puede llegar a saturar el sistema sanitario del país, si no lo está haciendo ya. El personal sanitario se está dejando la piel en estos momentos y su trabajo y su sacrificio tienen un valor incalculable, así que lo mínimo que podemos hacer el resto de la población para apoyarles y hacer valer su esfuerzo es limitar nuestras relaciones sociales y tomar estrictas precauciones de higiene, como el simple hecho de toser en el codo o lavarnos las manos frecuentemente para evitar que el virus acabe en nuestra nariz, ojos o boca. Cuanto más estrictos seamos siguiendo estas recomendaciones, antes volveremos a la normalidad. Y en este apartado es donde quiero hacer hincapié.

Desde mi punto de vista, siento que no estamos poniendo todo de nuestra parte para mitigar la transmisión del virus, reducir los contagios y evitar que nos quedemos sin camas en los hospitales. Si el gobierno toma medidas preventivas como la suspensión de las clases y el cierre de todos los centros educativos, no es para que los jóvenes hagamos planes con los amigos, vayamos a tomar unas cervezas al bar, vayamos al cine, salgamos de fiesta o incluso aprovechemos para hacer un viaje. En definitiva, debemos concienciarnos de que la suspensión de las clases no son unas vacaciones, sino una medida para intentar frenar la transmisión del coronavirus y, para que esto sea posible y dicha medida surta efecto, es necesario que cada uno pongamos nuestro granito de arena y nos quedemos en casa, a pesar de que todos preferiríamos estar en la calle disfrutando del buen tiempo con los amigos. Necesitamos que todos hagamos un esfuerzo y aprovechemos este período de aislamiento social para leer, ver series, jugar a videojuegos, escribir, estudiar, escuchar música, adelantar tareas o cualquier otra cosa en nuestras casas. Solo de esta manera conseguiremos que esa cifra diaria de nuevos contagios se atenúe, que los contagios se den de una forma más espaciada en el tiempo, que el sistema sanitario no se sature y que los médicos y enfermeros sean capaces de atender a todos los pacientes. Estoy seguro de que superaremos esta crisis, pero nuestro deber es colaborar para que ese momento llegue lo antes posible y con el menor número de pérdidas humanas posibles. Así que, si no lo haces por ti, hazlo por los demás: quédate en casa.

domingo, 29 de mayo de 2016

FLATO, LLANTO, BOSTEZO, HIPO, RISA... ¿POR QUÉ?

Probablemente, la mayoría os habéis preguntado el porqué de reacciones tan comunes y cotidianas del cuerpo humano como el flato, el llanto, el bostezo, el hipo o la risa. No es de extrañar que os haya entrado la curiosidad de saber la explicación de estas respuestas del organismo. Pues bien, aquí podéis encontrar una recopilación con la información sobre cada una de ellas.


¿Por qué aparece el flato?

Seguro que muchos de vosotros habéis notado alguna vez que al poco tiempo de empezar a hacer deporte aparece un engorroso dolor en la tripa que muchas veces os impide continuar y os obliga a parar. La pregunta es: ¿a qué se debe exactamente? Este dolor del que hablamos que aparece en el músculo diafragma, que separa el tórax del abdomen, es el denominado flato. Aparece con frecuencia en deportistas desentrenados, que han hecho un sobreesfuerzo, personas que no están habituadas a hacer ejercicio o por beber mucho líquido o comer mucho previamente a dicho ejercicio físico. Hay unos deportes más dados a la aparición del flato y otros en los que no es muy común que lo suframos. La natación y la carrera son deportes con más tendencia a la aparición del flato, mientras que en el ciclismo se da rara vez. Hay varias causas posibles:

-La falta de riego sanguíneo suficientemente oxigenado al diafragma, debido a que durante el ejercicio físico aumenta la demanda de energía, de oxígeno y, en definitiva, de riego sanguíneo por parte del resto de músculos que están interviniendo en la locomoción. Por lo tanto, nuestro organismo prioriza la irrigación de estos músculos y restringe la del diafragma.

-Tirones en los ligamentos que unen el estómago, el diafragma y las paredes viscerales por los movimientos realizados durante la actividad física. Por ejemplo, en el ciclismo el estómago no oscila tanto y estos tirones no son muy comunes, lo cual explica que los ciclistas no sean unos de los deportistas que más sufran este dolor.

-Los gases del intestino que pueden aparecer debido a comidas copiosas antes de hacer ejercicio y no haber hecho la digestión antes de empezar a movernos. Esto también puede provocar el roce del estómago (lleno) con el peritoneo. El flato es muy frecuente cuando hay una ingesta excesiva de hidratos de carbono y líquidos.

¿Qué hacer cuando empezamos a sentir el flato? La recomendación es disminuir la intensidad o el ritmo o incluso detenerse. Será lo mejor para nuestro cuerpo, ya que el flato es una alerta y proseguir con la actividad que estemos realizando puede conllevar un dolor más intenso, náuseas y dificultades en la respiración. También nos ayudará si nos apretarnos en el costado, flexionamos el tronco y controlamos nuestra respiración. Si hacemos todo esto, es bastante probable que el flato desaparezca y podamos continuar en poco tiempo. No obstante, si el dolor es fuerte y no desaparece pronto, lo más sensato es abandonar nuestra actividad física y posponerla para otro día a ser posible, aunque lo que sí está claro es que el flato no es un dolor que pueda desencadenar alguna otra dolencia más grave.



¿Por qué lloramos?

Antes de meternos de lleno con esta pregunta, veamos primero brevemente cómo funciona el sistema lagrimal situado al lado del globo ocular y la composición y las funciones de las lágrimas.

Nuestro ojo consta de una película lagrimal producida por la glándula lagrimal, que debe ocuparse de mantener lubricada la córnea. Una vez que la película lagrimal ha hecho su función, es drenada al punto lagrimal y a los conductos lagrimales, los cuales van a desembocar en el saco lagrimal, que a su vez gracias al conducto nasolagrimal, desembocarán en la fosa nasal. Por este motivo, nuestra nariz se tapona cuando lloramos.

Las lágrimas tienen la función de humedecer el ojo, proteger de infecciones y de agentes externos y eliminar partículas extrañas. Están compuestas en un 98% por agua y el 2% restante corresponde a glucosa, sodio, potasio y proteínas. Se diferencian tres capas en ellas: una externa aceitosa, una media acuosa y otra interna mucosa.

Normalmente, solemos asociar las lágrimas al llanto, pero hay otros motivos o emociones que conllevan también esta secreción. Según esto, podemos diferenciar distintos tipos de lágrimas: basales, que son segregadas constantemente en pequeñas cantidades para mantener lubricados los ojos; reflejas, como respuesta a un estímulo externo como un roce, un golpe o la entrada de partículas extrañas en el ojo; y emocionales, como respuesta a un estímulo interno como estados emocionales de tristeza o alegría.

Pero no nos vayamos demasiado por las ramas y adentrémonos ya con el porqué del llanto, de esas lágrimas que salen de nuestros ojos y bajan por las mejillas en respuesta a un estado emocional, a diferencia del lagrimeo, que es también el derramamiento de lágrimas pero no emocional. En realidad, los científicos no han encontrado una clara explicación racional a este hecho, pero se ha comprobado que puede tener algún efecto beneficioso, como puede ser:

-Conectar con los demás y reforzar relaciones personales. El llanto tiene una función comunicativa. Sirve para expresar emociones y pedir ayuda o consuelo a los presentes. Estas lágrimas son producidas por un sentimiento fuerte, ya sea estrés, placer, ira, tristeza, alegría o sufrimiento.

-Disminuir el estrés, puesto que las lágrimas poseen la hormona adenocorticotropa (ACTH) o también llamada hormona del estrés.

-Provocar una sensación placentera. Muchas veces nos sentimos mejor después de haber llorado un buen rato y esto se debe a que estas lágrimas contienen también toxinas que son eliminadas con ellas, como es el caso de la leucina encefalina, que actúa como un analgésico natural.

Bebé, Lágrimas, Niño Pequeño, Triste, Llorar, Scream


¿Por qué bostezamos?

Bebé, Niño, Lindo, Expresión, Cara, Humana, InfantilEl bostezo es algo común en el día a día de las personas y que también se da en otras especies (monos, perros, gatos, pájaros, peces…). Bostezamos unas ocho veces al día de media y se suele asociar popularmente con el cansancio o el sueño. Sin embargo, y aunque ni siquiera los científicos se ponen de acuerdo para dar una explicación definitiva a este hecho, la causa no parece ser estrictamente esta. En definitiva, parafraseando al psicólogo Robert Provine, el bostezo es uno de los actos más usuales y más misteriosos hasta el momento sobre el ser humano. Tres décadas después, la cuestión sigue sin estar del todo resuelta. Tampoco el bostezo es por mala educación o aburrimiento como a menudo se suele atribuir; es un acto involuntario.

El bostezo es a veces una manera de mantener alerta al individuo y evitar que se duerma, ya que las bocanadas de aire permiten enfriar los vasos sanguíneos de la nariz y enviar sangre al encéfalo a mayor velocidad.


Pero además, estas bocanadas de aire pueden responder a otra necesidad por la cual bostezamos: refrigerar el cerebro. Debido a la actividad del cerebro, la temperatura cerebral puede aumentar y con el bostezo conseguimos introducir aire frío que temple la sangre de la cavidad nasal y que permita que continúe el buen funcionamiento del cerebro.

En otras ocasiones, el bostezo es simplemente una respuesta a la abundancia de dióxido de carbono en el ambiente o a la falta de oxígeno en el cerebro detectada por el núcleo paraventricular del hipotálamo. Dicho de otra manera, es también una manera de oxigenar el cerebro.

Incluso se ha comprobado que el bostezo incrementa temporalmente los niveles de cortisol, una hormona asociada al estrés, por lo que podría ayudar a reducir la ansiedad y el estrés y a aumentar la atención.

Otra curiosidad sobre el bostezo que también nos habrá sorprendido es su capacidad para contagiarlo a las personas que están a nuestro alrededor. Al instante de bostezar, otra persona que te está viendo repite el mismo gesto. Incluso el mero hecho de leer la palabra bostezo puede llevar involuntariamente a realizar esta acción. ¿Por qué? Al parecer, el contagio del bostezo está relacionado con la conexión emocional con otras personas y la empatía. Por ello, es más probable que bostecemos al ver a una persona cercana hacer lo mismo que al ver a un desconocido bostezando por la calle. En cambio, las personas autistas, por este mismo motivo, no se suelen contagiar de los bostezos.


¿Por qué se produce el hipo?

Lindo, Sorprendido, Mujeres, Niña, Aislados, ManoEl hipo consiste en un sonido inspiratorio consecuencia de la contracción brusca, involuntaria e intermitente del diafragma que hace que la epiglotis se cierre, provocando este típico sonido.

La respiración consta de dos fases: una llamada inspiración en la que el aire entra y los pulmones se llenan, y otra llamada espiración en la que el aire sale y los pulmones se vacían. Para que esto se produzca, sabemos que el diafragma desciende durante la inspiración y asciende durante la espiración. Sin embargo, cuando introducimos en nuestro cuerpo una gran cantidad de líquido o de comida, es posible que los músculos abdominales presionen de manera excesiva sobre el diafragma que hace que la epiglotis se cierre. Cuando esto ocurre, este mecanismo se descoordina, el diafragma sube o baja antes de lo normal, se altera la respiración, se producen inspiraciones y espiraciones incompletas, se incrementa la presión del aire en los pulmones y se produce el denominado hipo.


Lo normal es que el hipo desaparezca al cabo de pocos minutos, pero si queremos deshacernos más rápidamente de él, suele funcionar la técnica de inspirar profundamente, contener la respiración y luego expulsar lentamente en la espiración todo el aire contenido. También podemos beber agua fría y tragar sin respirar.


¿Por qué nos reímos?

La risa es un signo de alegría y de felicidad y algo innato en nuestra especie. Sin embargo, está relacionada con el desarrollo cognitivo, edad, época, cultura y carácter de cada persona, lo cual explica que el sentido del humor varíe de unas personas a otras. La risa es un fenómeno muy familiar para todos, pero para la ciencia continúa siendo algo misterioso también.

El proceso es el siguiente: cuando el cerebro (especialmente el sistema límbico) detecta una incongruencia, la procesa, envía las señales por el hipotálamo, la hipófisis y el sistema nervioso autónomo para producir la risa y se liberan también unas hormonas llamadas dopamina y serotonina, que actúan como neurotransmisores de esa sensación placentera. Mientras nos estamos riendo, un gran número de músculos faciales se contraen y la respiración se altera por irregularidades en el cierre de la epiglotis. Además, si nos continuamos riendo durante un buen tiempo, es posible incluso que los conductos lagrimales se abran, caigan algunas lágrimas y que nuestro rostro se ruborice.

Tampoco nos podemos olvidar de las cosquillas, que son otra ocasión en la que se produce la risa pero su fundamento es distinto, por lo que constituyen una excepción. Mediante el estímulo de ciertas partes del cuerpo, como los pies, el cuello, las axilas o el abdomen, soltamos también carcajadas imposibles de contener. Cuando nos hacen cosquillas, se activa el hipotálamo, que controla reacciones instintivas a situaciones de lucha o huida, y se estimulan las mismas fibras amielínicas que son las causantes del dolor. La risa histérica provocada por las cosquillas es en realidad un mecanismo de defensa. Aquí está la explicación también de por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos y provocarnos la risa, puesto que nuestro cerebro es consciente de que no es necesario producir una respuesta a la acción.

En cualquier caso, la risa es muy beneficiosa para la salud. Se ha comprobado que tiene múltiples ventajas: disminuye el estrés, mejora el estado de ánimo y de bienestar psicológico, estimula el sistema inmune, incrementa el umbral de dolor, aumenta la oxigenación del cerebro, regulariza el ritmo cardíaco y disminuye la presión arterial, siendo capaz de reducir la posibilidad de sufrir problemas cardiovasculares, sin olvidarnos de que tampoco deja de ser una forma de ejercitar el cerebro y de mantenerlo activo. Así que riamos, que es gratis.

Close up portrait of hard laughing young man. Isolated on white background, mask included