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sábado, 21 de marzo de 2020

¿POR QUÉ LA TASA DE LETALIDAD DEL COVID-19 ESTÁ SIENDO MÁS ALTA DE LO ESPERADO?


En estos tiempos de sobreinformación en torno al coronavirus y en los que las noticias falsas o las interpretaciones erróneas crecen como la espuma, me gustaría hacer una valoración de los datos epidemiológicos de la enfermedad de los que disponemos y el porqué de esa tasa de letalidad tan elevada en comparación con la que esperábamos.

Antes de nada, por si todavía hubiese alguna duda, me gustaría aclarar que SARS-Cov-2 es el virus, coronavirus (coronaviridae) es la familia y Covid-19 es la enfermedad. Por otro lado, también hay que tener clara la diferencia entre los conceptos de letalidad y mortalidad: letalidad es el número de fallecidos entre los infectados, mientras que mortalidad es el número de fallecidos entre toda la población, incluyendo infectados y sanos.


En España, los datos a las 12 del mediodía de hoy, 21 de marzo de 2020, son los siguientes: 24.926 casos confirmados, 1.612 ingresados en UCI, 1.326 fallecidos y 2.125 curados. Si con estos datos actuales calculamos la letalidad del virus en España, obtenemos que esta es del 5,31%, un porcentaje mayor del que cabría esperar en un principio. Y si nos fijamos en Madrid, foco principal del Covid-19 en nuestro país con 8.921 casos confirmados y 804 fallecidos por coronavirus a día de hoy, la tasa de letalidad alcanzaría el 9,01%.

Al ver estos datos, es normal que mucha gente se escandalice y se esté preguntando por qué está sucediendo esto, es decir, por qué aparentemente hay más fallecidos de lo que predecíamos en un principio. Pues bien, la clave está en la decisión de no realizar el test de diagnóstico a las personas con síntomas leves. Dejando de lado los motivos de esta decisión y el debate sobre lo acertada o desacertada que puede ser esta medida, lo que quiero destacar es que este hecho conlleva que gran parte de los casos positivos no salgan a la luz y, por tanto, tengamos una visión sesgada de los datos epidemiológicos. Al no poder hacer todos los test que serían necesarios, vamos a detectar todos los casos críticos y todos los fallecidos con coronavirus, pero registraremos muchos menos casos leves de los que realmente existen, por lo que el número total de infectados está subestimado. Esto supone que, al dividir el número de fallecidos entre el número de infectados, obtengamos una tasa de letalidad muy superior a la letalidad real. Asimismo, dado que las directrices tomadas en cada país en cuanto a la realización de estos test de diagnóstico son muy diferentes, toda comparación del número de contagios o de las tasas de letalidad entre distintos países son de dudoso rigor.

Si a partir de ahora en España logramos aumentar el número de test de diagnóstico gracias a la pronta llegada de las pruebas de diagnóstico rápido, no es de extrañar que el número de casos positivos detectados se vea incrementado en los próximos días y, por lo tanto, disminuya la letalidad, acercándonos más a la verdadera tasa de letalidad de este virus. Tampoco hay que desconfiar por ello de la eficacia de las medidas de confinamiento, ya que es lógico que aún sigan saliendo a la luz numerosos contagios, pues aunque el periodo medio de incubación del virus es de 5 días, hay casos en los que este se puede extender hasta las dos semanas. Es a partir de la semana que viene cuando se espera que comencemos a notar una disminución del número de nuevos casos diarios. Pero para ello, es necesario que todos sigamos con la misma fuerza de voluntad, tomemos precauciones y nos quedemos en casa.

domingo, 15 de marzo de 2020

EL CORONAVIRUS NOS HACE REFLEXIONAR

Siguiendo la línea de mi artículo anterior, en esta ocasión también quiero distanciarme un poco de la difusión de información científica para realizar una profunda reflexión personal y sacar una moraleja de esta complicada situación de alerta sanitaria que nos está tocando vivir en estos momentos. En mi afán por buscar siempre el lado positivo de las cosas, creo que esta pandemia del coronavirus puede hacernos pensar sobre diversos aspectos que suelen quedar en un segundo plano cuando estamos inmersos en la rutina diaria y ese estrés cotidiano al que estamos sometidos en las grandes ciudades de los países desarrollados.

Con la subida de las temperaturas, los desastres naturales, los fuegos incontrolados, las inundaciones desoladoras y la extinción de numerosas especies, hace ya tiempo que el planeta nos está dando claras señales de la peligrosidad del cambio climático y la necesidad de tomar cartas en el asunto. Sin embargo, aunque parece que cada vez hay más concienciación sobre la seriedad de este tema, seguimos sin tomar medidas drásticas que permitan reducir en buena medida la contaminación a nivel mundial y seguimos sin otorgarle la urgencia que verdaderamente merece este problema. Y, por desgracia, parece que la llegada de una pandemia es la única manera de que esos exorbitados niveles de contaminación se desplomen, aunque esta tenga otros muchos efectos colaterales perjudiciales como la caída de la bolsa y el colapso económico, además de las incontables pérdidas humanas. Tal y como dice la psicóloga italiana Franscesca Morelli en una reflexión que se ha hecho viral en los últimos días, "ahora usamos mascarillas, pero paradójicamente la calidad del aire mejora y seguimos respirando".

Por otro lado, en el mundo desarrollado, estamos acostumbrados a hacer oídos sordos a la hambruna, conflictos bélicos, enfermedades y otros problemas de gran magnitud siempre que estos tengan lugar a cierta distancia del país en el que vivimos. Y como no podía ser de otra forma, semanas atrás adoptamos la misma actitud con el coronavirus. Cuando este irrumpió en China, el resto del mundo hacía oídos sordos o, al menos, le restaba importancia al asunto, sorprendiéndonos al ver que la población china no era capaz de controlar lo que todos queríamos hacer creer que era una simple gripe. Solamente cuando vimos que el virus llegó con fuerza a Italia y encima se empezaban a dar casos en otros países próximos, el resto de Europa empezó a preocuparse y a tomar medidas. El hecho de no ser los primeros en llegar a este escenario nos ofrecía una ventaja. Nos ofrecía la posibilidad de poder fijarnos en los pasos que habían seguido los países que iban por delante de nosotros y que tenían ya numerosos infectados y poder evaluar los resultados que han supuesto dichas medidas tomadas. Sin embargo, desde mi punto de vista tampoco hemos sabido aprovechar esta posición ventajosa para tomar esas precauciones de la forma más rápida posible y así conseguir que las repercusiones del virus fuesen las mínimas posibles. En general, nuestro nivel de concienciación personal tampoco ha estado a la altura y esto se traducirá en una prórroga de la cuarentena durante más tiempo. Soy consciente de que es una situación muy difícil de manejar, pero esto confirma una vez más que hasta que el ser humano no ve de cerca el problema, no le otorga la importancia necesaria y no nos ponemos manos a la obra.

Asimismo, en un mundo en el que desafortunadamente aún existe discriminación por raza y discriminación por otros motivos, la llegada de este virus nos hace experimentar que, en un abrir y cerrar de ojos, podemos ser nosotros mismos los discriminados y a los que no se les permita cruzar fronteras por ser potenciales transmisores de una enfermedad. Parece que el virus haya llegado para hacernos sentir a nosotros, de raza blanca, occidentales y con recursos económicos, ese sentimiento de rechazo que nunca antes habíamos experimentado, quizá también para que empecemos a ser más empáticos, cambiemos ciertas ideologías discriminatorias y pensemos más en el prójimo.

En ese sentido de ayuda al prójimo, esta crisis también nos está enseñando mucho. También nos está llevando a pensar en el colectivo y quedarnos en nuestras casas para mitigar, en la medida de lo posible, la saturación del sistema sanitario, ralentizar el ritmo de aparición de nuevos contagios y hacer valer ese esfuerzo de valor incalculable que está realizando todo el personal sanitario. Aprovecho este inciso para no olvidarnos tampoco de la importante labor del personal de limpieza, auxiliares administrativos, trabajadores de supermercados, transportistas, barrenderos y otros tantos trabajadores que no tienen la posibilidad de quedarse en casa estos días, sino que también están al frente de la batalla y que son igual de imprescindibles que el personal sanitario para que este barco no se hunda. Mil gracias a todos por estar al pie del cañón. Y como decía, muchos no estamos haciendo este esfuerzo de confinamiento por nosotros mismos, jóvenes y sin patologías previas que, según afirman los datos epidemiológicos, tenemos una baja tasa de mortalidad por esta enfermedad vírica. En este caso, todos y cada uno de nosotros sentimos el deber de permanecer en nuestras viviendas con el objetivo de no contribuir a la transmisión del virus, no dificultar aún más el trabajo exhaustivo del personal sanitario y proteger a ese grupo de la tercera edad y con otras patologías previas, que constituyen el grupo de riesgo. Quedándonos en casa, cortamos la cadena y evitamos el contagio de muchas más personas, consiguiendo que los casos se produzcan de forma más espaciada en el tiempo, que es el principal objetivo en estos momentos, dada la saturación del sistema sanitario. En definitiva, el coronavirus nos está recordando que la unión hace la fuerza y nos está obligando a levantar la mirada y ver más allá de nuestra burbuja.

No obstante, a nivel individual, el virus también está dejando huella. La mayor parte de la población nos encontramos habitualmente inmersos en un ritmo de vida frenético, a veces por encima de nuestras posibilidades. Si el virus no nos para, parece que no hubiésemos parado nunca. Vivimos con prisas, corriendo de un lado para otro, con la mirada puesta en un reloj que, en lugar de informarnos meramente de la hora, en muchas ocasiones parece marcarnos el ritmo al que debemos vivir. Parece que las 24 horas del día nunca son suficientes y desearíamos que los días tuviesen 26 horas o las que fueran necesarias.

Incluso este confinamiento y aislamiento social nos está enseñando muchas cosas a nivel personal. En primer lugar, nos está ofreciendo entre nuestras manos una cantidad ingente de tiempo libre a la que no estamos acostumbrados, hasta tal punto que a algunos se les puede presentar como una losa asfixiante que les tiente a salir de casa para volver a respirar. Además, esta crisis nos está abriendo los ojos y nos está haciendo valorar las cosas sencillas de la vida: un abrazo, una conversación cara a cara, un beso… Este parón forzado nos está obligando a pasar más tiempo en familia, a valorar lo que tenemos en casa, a convivir con nosotros mismos y a recuperar muchos hobbies que increíblemente teníamos abandonados por falta de tiempo o prioridades. Es decir, nos está ayudando a asentar las ideas, ver lo verdaderamente importante y volver a encontrarnos con nosotros mismos. Además, en estos tiempos que corren en los que las redes sociales y la comunicación a distancia están adquiriendo cada vez más importancia, ofreciéndonos una falsa ilusión de cercanía, parece que esta situación haya venido para volver a poner en valor las relaciones sociales, las reales. De esta forma, seguramente que cuando volvamos a la calle para reír juntos y podamos abrazarnos de nuevo, cualquier plan nos parecerá una auténtica fiesta. La simple recuperación de la normalidad nos parecerá un bonito regalo al que, al menos durante un tiempo, dejaremos de restarle valor.

Estos difíciles momentos que atravesamos también nos hacen darnos cuenta de lo tremendamente planificado que está el mundo y la poca cancha que se le da hoy en día a la improvisación. Cuando un problema de esta magnitud obliga a cancelar clases, cerrar centros educativos, centros culturales y prácticamente todo tipo de establecimientos o restringir los desplazamientos por vía aérea, terrestre o marítima, todo se viene abajo. Se descuadran todos nuestros múltiples eventos o planes que tenían una fecha bien premeditada y de repente se nos presenta ante todos nosotros un tremendo caos al que es difícil volver a ponerle orden, al darnos cuenta de que tenemos que cancelar, aplazar o reorganizar todos esos planes futuros, sin saber tampoco con certeza cuándo terminará esta situación para así poder fijar unas nuevas fechas. Se nos presenta ante nosotros una situación que nos abruma y es en este momento cuando nos damos cuenta de lo acostumbrados que estamos a vivir con todo bajo control. Ahora tenemos que aprender forzosamente a vivir el presente, el día a día, con paciencia y sin adelantar acontecimientos.

Por su parte, ese pánico generalizado que nos está llevando a arrasar con los productos de primera necesidad en los supermercados nos está haciendo ver que esa inmediatez en la satisfacción de las necesidades básicas a la que estamos acostumbrados es un tremendo lujo, un verdadero privilegio. Día tras día, disponemos de todos esos productos a solo unos minutos de nuestra casa y en cualquier momento del día, pero ahora, por primera vez en mucho tiempo, hemos perdido súbitamente esa comodidad. Aunque afortunadamente el abastecimiento sigue estando garantizado, ahora cuando entramos al supermercado nos encontramos con estantes vacíos y tenemos que esperar largas colas para adquirir nuestros productos como consecuencia de la histeria colectiva, algo que en nuestras cabezas parecía imposible que sucediera hace tan solo unos días. Todo ha cambiado tan radicalmente de un momento a otro que asusta.

Por último, a nivel sanitario, también podemos obtener una buena moraleja de todo esto. Parece que ha tenido que llegar una alerta sanitaria de esta magnitud para que nos demos cuenta al fin de lo importante que son la sanidad y la ciencia y que los recortes presupuestarios en estos ámbitos pueden tener graves repercusiones. Asimismo, ante esta situación, hemos cambiado el chip y nuestros héroes ya no son jugadores de fútbol de nuestro equipo favorito, sino médicos y enfermeros que se están dejando la piel por nuestra salud poniendo en peligro la suya propia, los investigadores que lo están dando todo en sus laboratorios por encontrar un tratamiento frente al virus lo antes posible y el resto de trabajadores y voluntarios que están poniendo su granito de arena de una forma o de otra y de manera desinteresada en esta lucha común. Los emotivos aplausos masivos vividos en toda España la noche de ayer para reconocer y agradecer el trabajo del personal sanitario no son más que una prueba de que realmente se han convertido en nuestros verdaderos ídolos de un momento a otro.

En definitiva, antes o después, estoy seguro de que saldremos de esta y volveremos a celebrar la vida. Porque el ser humano, aun con sus momentos de irracionalidad, irresponsabilidad e inconsciencia, siempre consigue darle la vuelta a las peores situaciones. Es precisamente en los malos momentos cuando dejamos nuestras diferencias y problemas banales a un lado, nos volvemos más humanos y buscamos la unión, ya que sabemos que la unión hace la fuerza. Sin embargo, me gustaría que no solo saliésemos de esta lo antes posible, sino que lo hiciésemos con alguna que otra lección aprendida y más fuertes y enamorados de la vida de lo que estábamos hace unos días. Quiero que todo esto se convierta en un punto de inflexión, en uno de esos malos momentos que se te quedan grabados por siempre en la memoria y de los te acuerdas en otros futuros instantes difíciles de tu vida para sacar fuerzas de ellos, tomar mejores decisiones o abordarlos con una mayor madurez o inteligencia emocional. Como conclusión, puede ser que esta pandemia haya venido a enseñarnos muchas cosas en este caótico mundo actual lleno de paradojas. Por eso, si cada uno de nosotros reflexionamos durante estos días, sacamos un aprendizaje personal de cada uno de los puntos que he mencionado y nos damos cuenta de una vez por todas de lo importante que es la ciencia y la sanidad, yo me doy por satisfecho. Esto querrá decir que, al menos, habremos sacado algo positivo de todo esto.

jueves, 12 de marzo de 2020

LLAMADA A LA RESPONSABILIDAD PARA HACER FRENTE AL CORONAVIRUS


Buenas noches, lectores:

Después de mucho tiempo sin escribir en mi blog, hoy he decidido volver a sentarme delante del teclado para realizar una crítica y una llamada a la responsabilidad ante la situación que estamos viviendo con la pandemia de coronavirus y la irrupción del mismo en España. Hoy he sentido que el estado de alerta sanitaria en el que nos encontramos actualmente merece como mínimo una entrada en este blog científico que comencé hace ya casi cuatro años con el mero objetivo de disfrutar escribiendo sobre algún aspecto de la ciencia que me interesase en cada momento y, sobre todo, con la idea de transmitir ese conocimiento a la población general de una forma más accesible y con un lenguaje más sencillo y menos técnico que el que nos podemos encontrar en las revistas científicas. A lo largo de estos años, mi constancia en el blog ha sido menor de la que me gustaría y algo intermitente debido a las dificultades para compatibilizar el blog con mi vida estudiantil, mi vida investigadora, mi vida como profesor particular, mis otros hobbies y mis relaciones sociales. Aun así, espero que en un futuro cercano pueda retomarlo con fuerza para añadir nuevas entradas a las veintisiete ya existentes y así conseguir que dicho número siga creciendo y vosotros me sigáis leyendo.

Entrando ya en el tema de esta entrada, el motivo de mi regreso al blog no es otro que el coronavirus, prácticamente el único tema del que hablan los medios de comunicación y todo el mundo. Sin embargo, a diferencia de la línea que he seguido en publicaciones anteriores, en esta ocasión no quiero transmitir tanto conocimiento científico, sino realizar una llamada al civismo, al sentido común, a la responsabilidad y a la solidaridad tras apreciar cómo el número de casos de contagio confirmados en España aumenta a un ritmo desenfrenado y ver que la población general no está lo suficientemente concienciada sobre la gravedad de la situación y las medidas preventivas para reducir los contagios.

Todos hemos escuchado que en realidad la tasa de mortalidad de este virus es baja, que su cuadro clínico generalmente se asemeja a una gripe y que el grupo de riesgo es principalmente la tercera edad y aquellas personas con otras patologías previas, sin ser tampoco un virus especialmente mortal en dicho grupo. Sin embargo, debemos ser conscientes de que el problema de esta pandemia no es tanto a nivel individual, sino a nivel colectivo. La principal preocupación ahora mismo radica en que el rápido contagio y el frenético aumento del número de casos de coronavirus puede llegar a saturar el sistema sanitario del país, si no lo está haciendo ya. El personal sanitario se está dejando la piel en estos momentos y su trabajo y su sacrificio tienen un valor incalculable, así que lo mínimo que podemos hacer el resto de la población para apoyarles y hacer valer su esfuerzo es limitar nuestras relaciones sociales y tomar estrictas precauciones de higiene, como el simple hecho de toser en el codo o lavarnos las manos frecuentemente para evitar que el virus acabe en nuestra nariz, ojos o boca. Cuanto más estrictos seamos siguiendo estas recomendaciones, antes volveremos a la normalidad. Y en este apartado es donde quiero hacer hincapié.

Desde mi punto de vista, siento que no estamos poniendo todo de nuestra parte para mitigar la transmisión del virus, reducir los contagios y evitar que nos quedemos sin camas en los hospitales. Si el gobierno toma medidas preventivas como la suspensión de las clases y el cierre de todos los centros educativos, no es para que los jóvenes hagamos planes con los amigos, vayamos a tomar unas cervezas al bar, vayamos al cine, salgamos de fiesta o incluso aprovechemos para hacer un viaje. En definitiva, debemos concienciarnos de que la suspensión de las clases no son unas vacaciones, sino una medida para intentar frenar la transmisión del coronavirus y, para que esto sea posible y dicha medida surta efecto, es necesario que cada uno pongamos nuestro granito de arena y nos quedemos en casa, a pesar de que todos preferiríamos estar en la calle disfrutando del buen tiempo con los amigos. Necesitamos que todos hagamos un esfuerzo y aprovechemos este período de aislamiento social para leer, ver series, jugar a videojuegos, escribir, estudiar, escuchar música, adelantar tareas o cualquier otra cosa en nuestras casas. Solo de esta manera conseguiremos que esa cifra diaria de nuevos contagios se atenúe, que los contagios se den de una forma más espaciada en el tiempo, que el sistema sanitario no se sature y que los médicos y enfermeros sean capaces de atender a todos los pacientes. Estoy seguro de que superaremos esta crisis, pero nuestro deber es colaborar para que ese momento llegue lo antes posible y con el menor número de pérdidas humanas posibles. Así que, si no lo haces por ti, hazlo por los demás: quédate en casa.

domingo, 2 de octubre de 2016

EL PREOCUPANTE DESHIELO DEL ÁRTICO

Debido a su especial situación y composición, los glaciares, icebergs y ecosistemas árticos constituyen unos valiosos indicadores de la situación ambiental del planeta, y desafortunadamente el estado actual del Ártico que nos ofrecen es de una enorme fragilidad. Su ecosistema se pierde y esto está desencadenando una aceleración del cambio climático y, en definitiva, un terrible e innegable efecto negativo para todo el planeta.



El deshielo del Ártico volvió a alcanzar un nuevo máximo histórico alarmante en el 2012, que mostraba una pérdida de hielo desde el 2008 de 4300 km3, lo cual, para hacernos una idea, supera a la superficie de la península ibérica. Los datos no mienten y así es como, récord tras récord, hemos perdido tres cuartas partes del hielo del Ártico durante los últimos 30 años. Además, la velocidad de deshielo y de aumento de las temperaturas en el Ártico son dos veces mayores a las de las latitudes medias. En realidad, lo que sucede es que ambos fenómenos se retroalimentan, ya que al subir las temperaturas, el hielo del Ártico se derrite y hay más superficie marina, la cual, al ser más oscura que el hielo, absorbe más radiación solar, refleja menos y se calienta más rápidamente.




El 2015 fue el año más caluroso jamás registrado y el Ártico también nos da evidencias de este cambio climático, cuyo principal causante es la quema de combustibles fósiles. El pasado 24 de marzo, cuando debería tener la extensión más grande después de los meses de invierno, se ha registrado, respecto al año pasado, una pérdida de 13.000 km2. Los científicos predicen que si continuamos a este salvaje y dramático ritmo, el Ártico podría quedarse sin hielo entre los años 2054 y 2058, y de producirse el deshielo continental de Groenlandia y del este y oeste antártico, el nivel del mar podría subir 20 metros a finales de siglo. Además, se cree que, dentro de unos 20 o 30 años, el Ártico perderá incluso ese espesor de hielo marino de 1,2 metros que queda de momento al final de cada verano y que, al final del invierno, el grosor pasará de los 2,5 metros actuales a no llegar ni siquiera a los 2 metros.


Sabemos que el Ártico es una región determinante para las condiciones climáticas del planeta y debemos hacer algo para frenar esta atrocidad. De hecho, los científicos consideran al polo Norte como el refrigerador del mundo, ya que su repercusión a nivel global es mucho mayor de lo que probablemente pensemos. El Ártico es el mantenedor de la corriente termohalina que discurre por debajo de la capa de hielo, responsable del clima invernal templado que tenemos en Europa, y atenúa además, en cierta medida, el calentamiento global porque incrementa el efecto albedo, que es el fenómeno por el cual el 30% de la energía solar que llega a la Tierra en forma de radiación es reflejada de vuelta al espacio exterior, mientras que un 50% es absorbido por la superficie terrestre y el 20% restante, por la atmósfera. ¿Y por qué el hielo es capaz de devolver un porcentaje tan grande de la radiación? Esto se debe, ni más ni menos, a que la nieve es una superficie blanca y, al contrario de lo que ocurre con las superficies oscuras, absorbe poca radiación y refleja prácticamente toda. Por ello, si desapareciera el Ártico, el albedo disminuiría e implicaría un mayor calentamiento de la superficie de la Tierra y una fuerte degradación medioambiental, provocando tal cambio en nuestro planeta que quizás ni llegaríamos a reconocerlo.




Por otro lado, no debemos confundir el efecto albedo con el efecto invernadero, que es un efecto natural y vital por el cual los llamados gases de invernadero como el CO2, el vapor de agua o el metano son capaces de impedir la salida de esa parte de la radiación infrarroja del sol reflejada por la superficie terrestre, que es la que se denomina efecto albedo y calienta la Tierra. Es curioso que en una atmósfera compuesta principalmente por un 78,1% de nitrógeno, un 20,9% de oxígeno, un 1% de argón y una pequeña proporción de dióxido de carbono y vapor de agua, sean algunos gases minoritarios, que entre ellos no suman ni siquiera un 0,1% de la masa de la atmósfera, los que retengan esa parte de la radiación infrarroja y controlen así el clima y, por tanto, la vida en la Tierra. Sin ellos, de hecho, la temperatura media de la atmósfera no sería de 15 grados centígrados, sino de 18. El efecto invernadero, como ya sabemos, es realmente beneficioso en su justa medida, ya que mantiene esa temperatura apta para la vida en el planeta. Sin embargo, un incremento del mismo fruto de acciones humanas como la deforestación y el consumo de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural) provoca una emisión incontrolada de gases de efecto invernadero que incrementa las temperaturas, derrite el propio hielo del Ártico y aumenta el nivel del mar. Esto es lo que se conoce como cambio climático, cuyo repercusión preocupa tanto a los expertos que advierten que el nivel del mar podría subir entre 26 y 82 cm a final de siglo y la temperatura hasta 4,8ºC.


Sin embargo, esto no termina aquí desgraciadamente. La fauna y la flora también podrían verse duramente afectadas. Animales que han desarrollado efectivas estrategias para aislarse del frío, caminar sobre la nieve o camuflarse en el entorno, como es el caso de los osos polares, podrían estar en peligro de extinción; algunas aves llegarán a perder sus nidadas debido a la ausencia de terreno estable; y la vegetación típica del Ártico, entre la que se encuentra el musgo, los líquenes y plantas herbáceas de poca altura, capaz de soportar los fuertes azotes del viento y adaptada a la difícil supervivencia en una tierra casi helada, muy ácida y con poca presencia de nutrientes, podría terminar desapareciendo. Con el deshielo, en cambio, se abrirían nuevas rutas de navegación que permitirían extraer más fácilmente las reservas árticas de gas y petróleo, y son precisamente estos intereses los que se pueden llegar a sobreponer irracional y desafortunadamente sobre los ecológicos y poner en serio peligro el equilibrio del Ártico que todos deberíamos proteger.



Por ello, todos podemos y debemos poner de nuestra parte para frenar el incremento del efecto invernadero, el cambio climático y el deshielo del Ártico siguiendo estas medidas: reducir el uso de la calefacción y del aire acondicionado, utilizar los medios de transporte público, separar los desechos sólidos para facilitar su reciclaje, reducir el uso de contaminantes como aerosoles y detergentes, usar las energías renovables y, en definitiva, seguir la regla de las tres erres: Reducir, Reciclar y Reutilizar.