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domingo, 15 de marzo de 2020

EL CORONAVIRUS NOS HACE REFLEXIONAR

Siguiendo la línea de mi artículo anterior, en esta ocasión también quiero distanciarme un poco de la difusión de información científica para realizar una profunda reflexión personal y sacar una moraleja de esta complicada situación de alerta sanitaria que nos está tocando vivir en estos momentos. En mi afán por buscar siempre el lado positivo de las cosas, creo que esta pandemia del coronavirus puede hacernos pensar sobre diversos aspectos que suelen quedar en un segundo plano cuando estamos inmersos en la rutina diaria y ese estrés cotidiano al que estamos sometidos en las grandes ciudades de los países desarrollados.

Con la subida de las temperaturas, los desastres naturales, los fuegos incontrolados, las inundaciones desoladoras y la extinción de numerosas especies, hace ya tiempo que el planeta nos está dando claras señales de la peligrosidad del cambio climático y la necesidad de tomar cartas en el asunto. Sin embargo, aunque parece que cada vez hay más concienciación sobre la seriedad de este tema, seguimos sin tomar medidas drásticas que permitan reducir en buena medida la contaminación a nivel mundial y seguimos sin otorgarle la urgencia que verdaderamente merece este problema. Y, por desgracia, parece que la llegada de una pandemia es la única manera de que esos exorbitados niveles de contaminación se desplomen, aunque esta tenga otros muchos efectos colaterales perjudiciales como la caída de la bolsa y el colapso económico, además de las incontables pérdidas humanas. Tal y como dice la psicóloga italiana Franscesca Morelli en una reflexión que se ha hecho viral en los últimos días, "ahora usamos mascarillas, pero paradójicamente la calidad del aire mejora y seguimos respirando".

Por otro lado, en el mundo desarrollado, estamos acostumbrados a hacer oídos sordos a la hambruna, conflictos bélicos, enfermedades y otros problemas de gran magnitud siempre que estos tengan lugar a cierta distancia del país en el que vivimos. Y como no podía ser de otra forma, semanas atrás adoptamos la misma actitud con el coronavirus. Cuando este irrumpió en China, el resto del mundo hacía oídos sordos o, al menos, le restaba importancia al asunto, sorprendiéndonos al ver que la población china no era capaz de controlar lo que todos queríamos hacer creer que era una simple gripe. Solamente cuando vimos que el virus llegó con fuerza a Italia y encima se empezaban a dar casos en otros países próximos, el resto de Europa empezó a preocuparse y a tomar medidas. El hecho de no ser los primeros en llegar a este escenario nos ofrecía una ventaja. Nos ofrecía la posibilidad de poder fijarnos en los pasos que habían seguido los países que iban por delante de nosotros y que tenían ya numerosos infectados y poder evaluar los resultados que han supuesto dichas medidas tomadas. Sin embargo, desde mi punto de vista tampoco hemos sabido aprovechar esta posición ventajosa para tomar esas precauciones de la forma más rápida posible y así conseguir que las repercusiones del virus fuesen las mínimas posibles. En general, nuestro nivel de concienciación personal tampoco ha estado a la altura y esto se traducirá en una prórroga de la cuarentena durante más tiempo. Soy consciente de que es una situación muy difícil de manejar, pero esto confirma una vez más que hasta que el ser humano no ve de cerca el problema, no le otorga la importancia necesaria y no nos ponemos manos a la obra.

Asimismo, en un mundo en el que desafortunadamente aún existe discriminación por raza y discriminación por otros motivos, la llegada de este virus nos hace experimentar que, en un abrir y cerrar de ojos, podemos ser nosotros mismos los discriminados y a los que no se les permita cruzar fronteras por ser potenciales transmisores de una enfermedad. Parece que el virus haya llegado para hacernos sentir a nosotros, de raza blanca, occidentales y con recursos económicos, ese sentimiento de rechazo que nunca antes habíamos experimentado, quizá también para que empecemos a ser más empáticos, cambiemos ciertas ideologías discriminatorias y pensemos más en el prójimo.

En ese sentido de ayuda al prójimo, esta crisis también nos está enseñando mucho. También nos está llevando a pensar en el colectivo y quedarnos en nuestras casas para mitigar, en la medida de lo posible, la saturación del sistema sanitario, ralentizar el ritmo de aparición de nuevos contagios y hacer valer ese esfuerzo de valor incalculable que está realizando todo el personal sanitario. Aprovecho este inciso para no olvidarnos tampoco de la importante labor del personal de limpieza, auxiliares administrativos, trabajadores de supermercados, transportistas, barrenderos y otros tantos trabajadores que no tienen la posibilidad de quedarse en casa estos días, sino que también están al frente de la batalla y que son igual de imprescindibles que el personal sanitario para que este barco no se hunda. Mil gracias a todos por estar al pie del cañón. Y como decía, muchos no estamos haciendo este esfuerzo de confinamiento por nosotros mismos, jóvenes y sin patologías previas que, según afirman los datos epidemiológicos, tenemos una baja tasa de mortalidad por esta enfermedad vírica. En este caso, todos y cada uno de nosotros sentimos el deber de permanecer en nuestras viviendas con el objetivo de no contribuir a la transmisión del virus, no dificultar aún más el trabajo exhaustivo del personal sanitario y proteger a ese grupo de la tercera edad y con otras patologías previas, que constituyen el grupo de riesgo. Quedándonos en casa, cortamos la cadena y evitamos el contagio de muchas más personas, consiguiendo que los casos se produzcan de forma más espaciada en el tiempo, que es el principal objetivo en estos momentos, dada la saturación del sistema sanitario. En definitiva, el coronavirus nos está recordando que la unión hace la fuerza y nos está obligando a levantar la mirada y ver más allá de nuestra burbuja.

No obstante, a nivel individual, el virus también está dejando huella. La mayor parte de la población nos encontramos habitualmente inmersos en un ritmo de vida frenético, a veces por encima de nuestras posibilidades. Si el virus no nos para, parece que no hubiésemos parado nunca. Vivimos con prisas, corriendo de un lado para otro, con la mirada puesta en un reloj que, en lugar de informarnos meramente de la hora, en muchas ocasiones parece marcarnos el ritmo al que debemos vivir. Parece que las 24 horas del día nunca son suficientes y desearíamos que los días tuviesen 26 horas o las que fueran necesarias.

Incluso este confinamiento y aislamiento social nos está enseñando muchas cosas a nivel personal. En primer lugar, nos está ofreciendo entre nuestras manos una cantidad ingente de tiempo libre a la que no estamos acostumbrados, hasta tal punto que a algunos se les puede presentar como una losa asfixiante que les tiente a salir de casa para volver a respirar. Además, esta crisis nos está abriendo los ojos y nos está haciendo valorar las cosas sencillas de la vida: un abrazo, una conversación cara a cara, un beso… Este parón forzado nos está obligando a pasar más tiempo en familia, a valorar lo que tenemos en casa, a convivir con nosotros mismos y a recuperar muchos hobbies que increíblemente teníamos abandonados por falta de tiempo o prioridades. Es decir, nos está ayudando a asentar las ideas, ver lo verdaderamente importante y volver a encontrarnos con nosotros mismos. Además, en estos tiempos que corren en los que las redes sociales y la comunicación a distancia están adquiriendo cada vez más importancia, ofreciéndonos una falsa ilusión de cercanía, parece que esta situación haya venido para volver a poner en valor las relaciones sociales, las reales. De esta forma, seguramente que cuando volvamos a la calle para reír juntos y podamos abrazarnos de nuevo, cualquier plan nos parecerá una auténtica fiesta. La simple recuperación de la normalidad nos parecerá un bonito regalo al que, al menos durante un tiempo, dejaremos de restarle valor.

Estos difíciles momentos que atravesamos también nos hacen darnos cuenta de lo tremendamente planificado que está el mundo y la poca cancha que se le da hoy en día a la improvisación. Cuando un problema de esta magnitud obliga a cancelar clases, cerrar centros educativos, centros culturales y prácticamente todo tipo de establecimientos o restringir los desplazamientos por vía aérea, terrestre o marítima, todo se viene abajo. Se descuadran todos nuestros múltiples eventos o planes que tenían una fecha bien premeditada y de repente se nos presenta ante todos nosotros un tremendo caos al que es difícil volver a ponerle orden, al darnos cuenta de que tenemos que cancelar, aplazar o reorganizar todos esos planes futuros, sin saber tampoco con certeza cuándo terminará esta situación para así poder fijar unas nuevas fechas. Se nos presenta ante nosotros una situación que nos abruma y es en este momento cuando nos damos cuenta de lo acostumbrados que estamos a vivir con todo bajo control. Ahora tenemos que aprender forzosamente a vivir el presente, el día a día, con paciencia y sin adelantar acontecimientos.

Por su parte, ese pánico generalizado que nos está llevando a arrasar con los productos de primera necesidad en los supermercados nos está haciendo ver que esa inmediatez en la satisfacción de las necesidades básicas a la que estamos acostumbrados es un tremendo lujo, un verdadero privilegio. Día tras día, disponemos de todos esos productos a solo unos minutos de nuestra casa y en cualquier momento del día, pero ahora, por primera vez en mucho tiempo, hemos perdido súbitamente esa comodidad. Aunque afortunadamente el abastecimiento sigue estando garantizado, ahora cuando entramos al supermercado nos encontramos con estantes vacíos y tenemos que esperar largas colas para adquirir nuestros productos como consecuencia de la histeria colectiva, algo que en nuestras cabezas parecía imposible que sucediera hace tan solo unos días. Todo ha cambiado tan radicalmente de un momento a otro que asusta.

Por último, a nivel sanitario, también podemos obtener una buena moraleja de todo esto. Parece que ha tenido que llegar una alerta sanitaria de esta magnitud para que nos demos cuenta al fin de lo importante que son la sanidad y la ciencia y que los recortes presupuestarios en estos ámbitos pueden tener graves repercusiones. Asimismo, ante esta situación, hemos cambiado el chip y nuestros héroes ya no son jugadores de fútbol de nuestro equipo favorito, sino médicos y enfermeros que se están dejando la piel por nuestra salud poniendo en peligro la suya propia, los investigadores que lo están dando todo en sus laboratorios por encontrar un tratamiento frente al virus lo antes posible y el resto de trabajadores y voluntarios que están poniendo su granito de arena de una forma o de otra y de manera desinteresada en esta lucha común. Los emotivos aplausos masivos vividos en toda España la noche de ayer para reconocer y agradecer el trabajo del personal sanitario no son más que una prueba de que realmente se han convertido en nuestros verdaderos ídolos de un momento a otro.

En definitiva, antes o después, estoy seguro de que saldremos de esta y volveremos a celebrar la vida. Porque el ser humano, aun con sus momentos de irracionalidad, irresponsabilidad e inconsciencia, siempre consigue darle la vuelta a las peores situaciones. Es precisamente en los malos momentos cuando dejamos nuestras diferencias y problemas banales a un lado, nos volvemos más humanos y buscamos la unión, ya que sabemos que la unión hace la fuerza. Sin embargo, me gustaría que no solo saliésemos de esta lo antes posible, sino que lo hiciésemos con alguna que otra lección aprendida y más fuertes y enamorados de la vida de lo que estábamos hace unos días. Quiero que todo esto se convierta en un punto de inflexión, en uno de esos malos momentos que se te quedan grabados por siempre en la memoria y de los te acuerdas en otros futuros instantes difíciles de tu vida para sacar fuerzas de ellos, tomar mejores decisiones o abordarlos con una mayor madurez o inteligencia emocional. Como conclusión, puede ser que esta pandemia haya venido a enseñarnos muchas cosas en este caótico mundo actual lleno de paradojas. Por eso, si cada uno de nosotros reflexionamos durante estos días, sacamos un aprendizaje personal de cada uno de los puntos que he mencionado y nos damos cuenta de una vez por todas de lo importante que es la ciencia y la sanidad, yo me doy por satisfecho. Esto querrá decir que, al menos, habremos sacado algo positivo de todo esto.

miércoles, 1 de junio de 2016

RESISTENCIA A LOS ANTIBIÓTICOS: PRIMER CASO EN EEUU

Cuando llega el frío, las enfermedades respiratorias y víricas se convierten en una constante en todas las casas. En el día a día, y sobre todo en invierno, la humanidad consume ingentes cantidades de antibióticos. Y no solo de antibióticos, sino también de otros medicamentos, como el ibuprofeno por ejemplo, que no es un antibiótico sino un analgésico y también un antiinflamatorio. Un dato desolador es que en España más de 8 millones de personas consumen dosis diarias de ibuprofeno superiores a las recomendadas. Increíble pero cierto. Lo peor desgraciadamente es que tampoco se da un uso mucho más sensato a los antibióticos. Muchas veces, se toman por una razón de peso, pero en otras ocasiones, su uso es innecesario o al menos perfectamente evitable, cuando las dolencias son más leves. Sin embargo, no decimos esto porque nos guste el masoquismo o nos venga bien sufrir ni mucho menos, sino porque si lo pensamos fríamente una reducción del consumo de medicamentos en la medida de lo posible será mejor para nosotros mismos y para toda la humanidad. ¿Por qué? El quid de la cuestión está en el problema de la resistencia a los antibióticos.


Una de las razones por las cuales es perjudicial administrar excesivos antibióticos se basa en que llega un momento en el que las bacterias adquieren la capacidad de combatir y destruir los antibióticos destinados a eliminarlas, haciéndose cada vez más difíciles de erradicar y los antibióticos menos eficaces frente a ellas. Esto es a lo que se denomina resistencia a los antibióticos. Las bacterias son capaces de fabricar la enzima β-lactamasa que se va a encargar de atacar el anillo β-lactámico de 4 átomos de carbono que posee la penicilina de los antibióticos. Esta β-lactamasa se transmite a otras bacterias a través de un plásmido y así las bacterias van a ser capaces de inactivar la penicilina, puesto que los anillos de 4 átomos de carbono ya no son tan estables como los de 5 o 6 y pueden romperse con facilidad.

No obstante, para intentar evitar esto, utilizamos amoxicilina, que es un derivado de la penicilina que incluye el ácido clavulánico, que actúa como un inhibidor suicida. El ácido clavulánico tiene el mismo anillo β-lactámico que la penicilina, por lo que va a ser detectado por la enzima β-lactamasa de las bacterias y lo van a atacar, rompiendo ese anillo del ácido clavulánico y quedando covalentemente unida a él. Así, cuando se introduce la penicilina, ya no se activa esta enzima para romper el anillo de la penicilina y puede realizar su acción. Sin embargo, de poco sirve este avance si seguimos haciendo un uso irresponsable de los antibióticos.

Otro aspecto a tener en cuenta y que probablemente no todo el mundo tenga claro es que los antibióticos han sido fabricados para combatir enfermedades infecciosas producidas por bacterias y no por virus ni hongos, para los cuales existen, respectivamente, medicamentos antivirales y antifúngicos específicamente para ellos. Por lo tanto, si nos empeñamos en intentar curar un resfriado, una gripe o cualquier enfermedad vírica con un antibiótico, no solo será ineficaz frente a ella, sino que será perjudicial para nuestro cuerpo y contribuiremos desgraciadamente a la resistencia frente a los antibióticos.

Una consecuencia reciente o una prueba más de este uso inadecuado o excesivo de los antibióticos que está generando esta creciente resistencia a los mismos y que demuestra la importancia de tomar cartas en el asunto es la noticia que aparecía en los periódicos el pasado 26 de mayo en la que se nos informaba del primer caso de una bacteria resistente a todos los antibióticos en EEUU. Sin embargo, no es el primer suceso en todo el mundo, sino que ese gen de resistencia a los antibióticos que se llama mcr-1 y que está presente en esa bacteria de Escherichia Coli hallada en Estados Unidos ya se había dado anteriormente en Europa, África, China, Suramérica y Canadá. Fue ya a principios de 2015 en China cuando empezamos a tener constancia de la existencia de este gen, lo cual tampoco es raro puesto que en China se consumen 12.000 toneladas anuales de colistina en la industria agro-ganadera. La rápida llegada del gen también a países europeos como Dinamarca, Holanda y Francia llevaron a la Unión Europea a modificar el protocolo para el uso animal del antibiótico.

El nuevo caso estadounidense del que hablábamos corresponde a una paciente de 49 años de Pensilvania a la que se detectó en un análisis de orina un tipo extraño de bacteria Escherichia Coli, que ha sido considerada como una de las más letales puesto que es resistente a todos los antibióticos, incluida la colistina, que es el último recurso del que disponen los médicos cuando el resto de antibióticos no son efectivos y que solo se suele utilizar en dichos casos, ya que su toxicidad y los daños que podía ocasionar no permitían un uso mayor.

Bacteria Escherichia Coli

De cualquier manera, este nuevo suceso es un hecho más que nos hace pensar que puede llegar un momento en el que los antibióticos dejen de ser útiles. Ya se están dando casos en los que el médico se halla en la indeseable situación de impotencia y desesperanza de no disponer de un antibiótico que suministrar al paciente para tratar una enfermedad, lo cual es algo que nunca debería ocurrir.

Sin embargo, tampoco es el fin del mundo. Sabemos que las resistencias los antibióticos están relacionadas con el uso que hacemos de estos, por lo que con el tiempo estas probablemente evolucionarán y podamos echar mano de medicamentos que antes no utilizábamos.

Además, la investigación para descubrir nuevos medicamentos continuará, al igual que proseguirán los avances en ingeniería genética, un campo en el que están puestas muchas esperanzas y que probablemente nos ofrezca nuevas posibilidades para tratar estas enfermedades.

Pero esto tampoco quiere decir que haya que relajarse ni mucho menos. Hay que alertar a la población y concienciarnos de este problema de la resistencia a los antibióticos y de que cada uno de nosotros podemos y debemos realizar un uso razonable y responsable de los mismos, acudiendo al médico, siguiendo sus instrucciones y sin automedicarse nunca. Tampoco estamos defendiendo evitar el uso de fármacos, ya que el descubrimiento de la penicilina por parte de Alexander Fleming en 1929 ha tenido desde entonces una importancia inconmensurable en la cura de enfermedades, en el mantenimiento de nuestro bienestar y nuestro estado de salud y en la mejora de la calidad de vida, sino que postulamos que no debemos a abusar de ellos. Como diría el filósofo griego Aristóteles: “la virtud está en el término medio”. Seamos conscientes de que el futuro de los antibióticos está en nuestras manos.